Quien más, quien menos, en una época u otra, hemos sentido la sombre negra de la presencia de la amenaza. Es una sensación extraña y, paradójicamente, muy familiar. Desafortunadamente, hay personas que están más sintonizados con este sentimiento: “siempre” hay motivos, puesto que “siempre” hay problemas, o posibles problemas, “en todos lados y en todo momento”.
Se espera terminar un proyecto o el fin de semana, unas vacaciones, o tener unos días libres para desconectar, para encontrar paz y tranquilidad. Se esperan días, semanas o meses y cuando por fin llegan, no podemos dejar de llevarnos nuestra mochila cargada. Es como una profecía, una maldición, una condena…
Aunque “mal común, consuelo de tontos”, la buena noticia es que toda persona tiene esta tendencia. No estamos solos, puesto que este es un rasgo heredado de nuestros ancestros: una característica ligada a las estrategias de supervivencia.
Es el llamado sesgo de negatividad. Un efecto que aumenta la percepción del efecto dañino de un estímulo negativo respecto a otro estímulo más neutro o positivo.
En pocas palabras, nos da igual, o importa menos, que algo bueno nos pase en el día si hay algo malo o perjudicial que sucede. Por ejemplo, hay muchas personas que pasean sus perros en los jardines frente a mi casa. La inmensa mayoría respeta las normas de convivencia y recogen lo que las mascotas depositan en el suelo. Sin embargo, hay alguien que no lo hace. ¿Qué comentarios se escuchan? Pues: “la gente es una guarra”. Tenemos la tendencia a generalizar, pero, sobre todo nos fijamos y magnificamos lo malo y desatendemos lo bueno. (Dominio de negatividad).
Literalmente, el miedo a la supuesta prevalencia del mal nos hace perder de vista el placer del momento presente (en el ejemplo anterior, la gran mayoría respeta las normas). El concepto es sencillo y automático: si ha sucedido, volverá a suceder y, esta vez, será peor. (Potencia negativa). Y es que, por lo menos en nuestra cultura, nos centramos y pensamos más (o les damos más vueltas) a las adversidades y los posibles efectos desastrosos que pueden suceder. (Diferenciación de la negatividad).
¡Cuánta gente, además del A, tiene un plan B, C, D, etc.! Las defensas son automatismos que tienen la tendencia a actuar de forma desproporcionada bajo el propósito de “piensa mal y acertará”. Los “infinitos planes” son un intento de control sobre un posible futuro nefasto. Con frases como “yo lo sabía” o “te lo dije”, los defensores de la negatividad tienen abundantes argumentos para justificar sus planes alternativos. Pero es una gran patraña que contamina de infelicidad la existencia. En lugar de encontrar soluciones a los problemas, buscan problemas a las soluciones.
La realidad ha demostrado que los problemas se resuelven con estrategias surgidas en el momento presente sobre la base de la experiencia pasada, pero fruto de una reflexión ponderada y exhaustiva de las condiciones del momento presente.
No quiero decir que no hay que ser previsores. El ser humano, a diferencia de los demás animales, tiene la dimensión de futuro y renegarla nos deja incompletos. Pero nuestra vida, por lo menos en nuestra civilización, carece de los peligros de supervivencia de nuestros antepasados.
Entonces, ¿por qué este temor reactivo sigue tan presente? Porque tenemos cerebros antiguos que viven en tiempos modernos. Las estructuras límbica (responsables de la actividad emocional) siguen teniendo mucha potencia reactiva sobre el neocórtex, responsable del pensamiento y la adaptación al entorno. Concretamente, cuando el miedo es intensamente alto, el neocórtex se va apagando. Es decir, sin darnos cuenta, perdemos el contacto con la reflexión y somos arrastrados por la reactividad.
Reaccionar frente a un peligro inminente es de vital importancia, sin embargo, la negatividad producida por un sentimiento constante de miedo, con todas sus variantes como temor, desconfianza, enfado, contrariedad, tristeza, angustia, ansiedad, congoja, etc., nos deja en un terreno yermo, puesto que nuestro sistema de adaptación, dependiente del neocórtex, se ve tremendamente afectado e incapaz de interpretar el entorno satisfactoriamente: pensamos poco y mal.
Entonces, para una vida más plena, la respuesta lógica es atenuar nuestro sesgo de negatividad. Si menos eventos amenazan nuestra supervivencia, hay menos razones para verlos potencialmente como tales.
Para ver una versión de la realidad más calmada y menos sesgada, es preciso educar nuestra percepción e interpretación de la información que llega a nuestro cerebro.
Tenemos que resetear y actualizar mucha información. No se puede controlar todo. No tenemos que transformar nuestro mundo para sentirnos seguros. De adultos, podemos soltar la mayor parte de las expectativas sobre los demás y sobre nosotros mismos. Lo que “debe o tiene” que ser puede representar la mínima parte de nuestra exigencias. No es necesario tener este temor constante tan familiar
En definitiva, es importante transformar el miedo infantil a morir en el entusiasmo a vivir del niño. El sesgo de negatividad de la infancia tenía razón de ser: dependíamos de los demás. Sin embargo, creciendo, nuestro instinto de supervivencia ha elegido seguir teniendo temor y, al mismo tiempo, distorsionando la realidad para justificar esta tendencia.
Si en aquel entonces no hemos aprendido a sentirnos amados, valiosos, tenidos en cuenta, respetados, etc., es la hora de poner en marcha esta necesidad vital. Mirando a través del corazón el mundo se transforma. No digo que sea fácil: soltar el miedo da mucho miedo. Pero cuando conseguimos sentir que el amor brota de nuestro interior, el temor se va difuminando, la confianza crece, la paz y la tranquilidad se abren paso. Respiramos mejor y parece que el corazón tiene más espacio. Limpiamos y reordenamos nuestro interior, reorganizamos nuestra vida. Literalmente, la realidad se renueva y vivifica.
El sesgo de negatividad no desaparece, pero es seguro que pasa en segundo plano y se atenúa. Limitar este sesgo no hará que todo sea sol y playa. Los problemas seguirán existiendo, sin embargo, la perspectiva de vida cambiará sustancialmente.
Y la mochila será mucho más liviana.
Como decía Wayne Dyer: “cuando cambias la manera de ver las cosas, las cosas que miras cambian”.
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